
Como un adolescente talentoso al que sus tutores tratan de meter en vereda, el Atlético presenta una bipolaridad difícil de manejar. En Almería, volvieron sus desvaríos defensivos y las soluciones al mal comportamiento pasaron por la aparición obvia de sus recursos de mayor dimensión: las paradas de De Gea y los goles de Agüero. Aunque esta vez no bastó.
Y eso, pese a que los atléticos lleva un mes empeñados en ser, más que nunca, un equipo de fútbol. Sin miedo al balón desde que Tiago mostró que no quema tanto como para reventarlo cada vez que toca el pie, el Atlético ha comenzado a fabricar los encuentros en la cocina, a fuego lento. Y la receta no da malos resultados, tras cinco jornadas invicto, aunque los puestos de cabeza exigen un nivel de puntaje que el conjunto de Quique aún no es capaz de confirmar.
Se quedó corto ante un atrevido Almería, de los equipos del subsuelo que mejor trata el cuero. Mbami, inteligente tocador disfrazado de pivote africano de siempre, ejerció de punto de partida de las buenas intenciones almerienses. Casi todas pasaban por el talento de Feghouli, que se agotó a la media hora, y los tajos de Crusat. El extremo catalán, un clásico entre los velocistas, cambió su registro para sacar a relucir un gran gatillo de media distancia. Con el permiso de Ujfalusi, que atraviesa una fase de sueño profundo, firmó sin problemas dos voleas consecutivas desde la frontal. También Ulloa sacó un afilado remate de punterón. De Gea, imponente, dijo a todo que no.
El Atlético versión fuera de casa es menos fiable por definición, pero pasó demasiados apuros para gestionar la zona central. Diluido Suárez, el campo se hizo enorme. Mal asunto para un equipo que quiere perder el exceso de sus futbolistas más incisivos y dar paso a los intermediarios del gol. Reyes estuvo insoportable, desorbitado, en uno de esos partidos que sus afiliados obvian. Espantoso recordman (20 balones perdidos), su juego no tuvo más registro que yo, yo, yo y en ocasiones, también yo.
Agüero tardaba en entrar en calor. Hasta que el Almería no dio un respiro en la presión, no se vio al Atlético en las líneas de interés. Solo Forlán, convertido en una dinamo, trataba de darle sentido al fútbol de guerrilla. Un balón recuperado por el uruguayo llegó hasta Tiago, que se levantó la visera y bombeó para el Kun, que ya correteaba por el área. El argentino, antes de tocar el balón, amagó a Alves como los niños juegan a los toros y terminó definiendo sin oposición.
Al Atlético le había tocado la lotería de un futbolista mayúsculo y aún así, la despilfarró en la primera fiesta que tuvo. En una jugada, además, que Crusat había mostrado ya un par de veces. Un despeje cojo de Perea quedó en la frontal, donde solo habitaba un tipo, el catalán, que remató certero con la derecha lejos de la acrobacia de De Gea. Eficaz por su simpleza y reiteración.
El Kun
se volvió a calzar capa y mallas y salió en mitad de la noche. En una diablura indescriptible, se marchó de tres rivales pegado a la línea de fondo y acertó a meter el balón para Godín, que lo sopló contra la madera de Alves. Un rato después, ya en serio, el argentino dibujó un gol fuera de la trayectoria natural del partido. En pleno desmadre, agarró un balón y se encaminó hasta su zona de diversión. Esperó a que Ujfalusi distrajera con su desmarque, y en cuanto le vio pasar por el retrovisor, quebró dos cinturas rivales y definió con la zurda por el palo menos visible para Alves.
De nuevo crédito inmerecido, de nuevo jolgorio en la línea de atrás. En otra llegada simple, de las preferidas, nadie atendió a Goitom, que se coló entre cinco tipos con la camiseta del Atlético y cabeceó a la red. La cabalgada final se sucedió en las dos direcciones y no resolvió nada, pero dejó una conexión Tiago-Agüero de alto voltaje: el portugués picó el esférico para el Kun, al que se le ocurrió acariciar una puntera sútil que desobedeció la dirección y se marchó a un par de palmos del poste rival. Un detalle de la asociación de las dos cimas futbolísticas del Atlético, motivos para dormir tranquilo una semana. No más.
Y eso, pese a que los atléticos lleva un mes empeñados en ser, más que nunca, un equipo de fútbol. Sin miedo al balón desde que Tiago mostró que no quema tanto como para reventarlo cada vez que toca el pie, el Atlético ha comenzado a fabricar los encuentros en la cocina, a fuego lento. Y la receta no da malos resultados, tras cinco jornadas invicto, aunque los puestos de cabeza exigen un nivel de puntaje que el conjunto de Quique aún no es capaz de confirmar.
Se quedó corto ante un atrevido Almería, de los equipos del subsuelo que mejor trata el cuero. Mbami, inteligente tocador disfrazado de pivote africano de siempre, ejerció de punto de partida de las buenas intenciones almerienses. Casi todas pasaban por el talento de Feghouli, que se agotó a la media hora, y los tajos de Crusat. El extremo catalán, un clásico entre los velocistas, cambió su registro para sacar a relucir un gran gatillo de media distancia. Con el permiso de Ujfalusi, que atraviesa una fase de sueño profundo, firmó sin problemas dos voleas consecutivas desde la frontal. También Ulloa sacó un afilado remate de punterón. De Gea, imponente, dijo a todo que no.
El Atlético versión fuera de casa es menos fiable por definición, pero pasó demasiados apuros para gestionar la zona central. Diluido Suárez, el campo se hizo enorme. Mal asunto para un equipo que quiere perder el exceso de sus futbolistas más incisivos y dar paso a los intermediarios del gol. Reyes estuvo insoportable, desorbitado, en uno de esos partidos que sus afiliados obvian. Espantoso recordman (20 balones perdidos), su juego no tuvo más registro que yo, yo, yo y en ocasiones, también yo.
Agüero tardaba en entrar en calor. Hasta que el Almería no dio un respiro en la presión, no se vio al Atlético en las líneas de interés. Solo Forlán, convertido en una dinamo, trataba de darle sentido al fútbol de guerrilla. Un balón recuperado por el uruguayo llegó hasta Tiago, que se levantó la visera y bombeó para el Kun, que ya correteaba por el área. El argentino, antes de tocar el balón, amagó a Alves como los niños juegan a los toros y terminó definiendo sin oposición.
Al Atlético le había tocado la lotería de un futbolista mayúsculo y aún así, la despilfarró en la primera fiesta que tuvo. En una jugada, además, que Crusat había mostrado ya un par de veces. Un despeje cojo de Perea quedó en la frontal, donde solo habitaba un tipo, el catalán, que remató certero con la derecha lejos de la acrobacia de De Gea. Eficaz por su simpleza y reiteración.
El Kun
se volvió a calzar capa y mallas y salió en mitad de la noche. En una diablura indescriptible, se marchó de tres rivales pegado a la línea de fondo y acertó a meter el balón para Godín, que lo sopló contra la madera de Alves. Un rato después, ya en serio, el argentino dibujó un gol fuera de la trayectoria natural del partido. En pleno desmadre, agarró un balón y se encaminó hasta su zona de diversión. Esperó a que Ujfalusi distrajera con su desmarque, y en cuanto le vio pasar por el retrovisor, quebró dos cinturas rivales y definió con la zurda por el palo menos visible para Alves.De nuevo crédito inmerecido, de nuevo jolgorio en la línea de atrás. En otra llegada simple, de las preferidas, nadie atendió a Goitom, que se coló entre cinco tipos con la camiseta del Atlético y cabeceó a la red. La cabalgada final se sucedió en las dos direcciones y no resolvió nada, pero dejó una conexión Tiago-Agüero de alto voltaje: el portugués picó el esférico para el Kun, al que se le ocurrió acariciar una puntera sútil que desobedeció la dirección y se marchó a un par de palmos del poste rival. Un detalle de la asociación de las dos cimas futbolísticas del Atlético, motivos para dormir tranquilo una semana. No más.


