El Atlético es un juguete roto. Da pena verlo. Últimamente, el equipo lo intenta, salen con actitud, el técnico improvisa guiones... pero de un modo u otro, siempre termina por ocurrirle algo de lo que no se recupera. Su abanico de males es interminable. Contra el Athletic, fue una expulsión y
Toquero, currante metido a héroe. Seis meses después de su mejor momento en décadas, tras derrotar al Inter en la Supercopa, el Atlético sigue desaparecido. Fuera de la Copa, de la Europa League y con los puestos de Champions a años luz. Su picado sería un interesante material para una investigación sobre el psicoanálisis.
A este equipo le pasa de todo, cierto. Pero más allá del histórico discurso victimista hay una realidad:
a muy poco de lo que le sucede reacciona con soluciones de verdad. Es un grupo sin alma, ingrávido, mentalmente débil, que ha perdido sus referentes emocionales en el césped, donde su capitán flirtea con el eterno rival y la afición señala al palco con cada mal pase. Ha incubado un virus, el desánimo, que se ha extendido por todas sus grietas.
En lo que va de temporada, no ha tenido una sola victoria ante rivales de mérito -salvo en San Mamés, precisamente- y en estos días, se ha convertido en un conjunto triste, depresivo, más necesitado de reflexiones en profundidad que de salvavidas. Lo que ocurre es que el equipo necesita oxigeno cuanto antes, por mucho que le surjan dudas existenciales a mitad de temporada, porque la cosa puede ir a peor. Basta mirar de reojo el nivel de Villarreal y Valencia para ver que están en otra dimensión.
El Atlético ha perdido galones, y se ha quedado fuera de combate muy pronto, mientras el resto de clubs luchan por ser competitivos. Ahora mismo, el cuarto puesto es una quimera.
Por mover algo, Quique había dado continuidad al rombo, con Reyes en el vértice por detrás de Forlán y Agüero, y no le fue mal durante un rato -
62% de posesión al descanso-, con Tiago y Elías alargando las jugadas, cada vez más trenzadas. Peor estuvo el sevillano, salvo algún pase sobre el Kun, siempre perdido, flotando sin sitio, a menudo descolgado de sus compañeros en la media.
No hizo el Athletic más de lo que exigía la situación. Usó sus armas y bloqueó las del rival, con una estupenda pareja de centrales formada por los jóvenes San José (21 años) y Ekiza (22). Por delante de ellos se mueve
Javi Martínez, un futbolista mayúsculo, un tipo que trotando rebasa los sprints de algunos rivales. En ataque, el
recurso Llorente es tan viejo como práctico. Como un pívot de baloncesto, el ariete recoge todo lo que cae por la zona y lo convierte casi siempre en algo peligroso. Lo hizo cuando amasó un balón en el área que Perea trató de robarle en los límites de la legalidad. El bigardo riojano se vino abajo y el colegiado interpretó
derribo del colombiano: penalti y expulsión. El propio Llorente ajustó tanto el lanzamiento que lo mandó fuera.
Algo parecido a un penalti tuvo Forlán poco después, cuando se quedó solo ante Iraizoz tras un pase interior de Assunçao, pero su remate apurado se marchó silbando el palo. Con diez, Quique retrasó las soluciones al descanso: parcheó con Elías en el carril diestro y se llevó a Ujfalusi al eje central. Craso error. El brasileño quedó para siempre inmortalizado en la galería de los horrores rojiblanca cuando se paró inerte con el brazo en alto mientras
Toquero llegaba solo al segundo palo para
rematar un preciso envío de Iraola, su mejor socio toda la tarde.

Con Domínguez por Elías en el descanso,
Quique mantuvo la línea trasera de tres el resto del encuentro, con Filipe y Reyes en los carriles, y Assunçao con Tiago en el eje. Si la defensa de cuatro sufre, la de tres fue una fiesta. Domínguez pasó una tarde horrible en su doble rol de central y lateral, y no acertó ni a cerrar ni a salir.
Toquero finiquitó el partido tras un nuevo centro de Iraola y el Atlético pasó un calvario lo que quedó de partido.
No hubo fe para llegar y el Calderón terminó por escenificar su cabreo, primero con Forlán -probablemente una de las pitadas más ruidosas a un jugador local que se recuerdan en el Manzanares-, y después con la directiva. No es el uruguayo, con sus muchos defectos, el culpable de la situación actual, y sí en cambio de los méritos recientes del club. Otro tema son los señores del palco, pero ellos tampoco jugaron ayer.