"No hay felicidad en la persona que desea abandonar el lugar donde vive." Milan Kundera.
54 días después de despedirse, Agüero sigue en el Atlético. No es porque no lo desee, desde luego, se ha encargado este tiempo de negar al conjunto rojiblanco tantas veces como le han preguntado por su futuro. De momento, es una competición, la Copa América, la que excusa los tiempos. Dos meses de interminable impás que condenan esta historia a una muerte lenta y dolorosa. La muerte de un héroe, empeñado en convertirse en el gran villano atlético de los últimos años.
A día de hoy, para Agüero no hay escudo, no hay grada, no hay camiseta. Solo hay empresa, contrato, claúsula y negocio. Unos señores de corbata que le han girado la cara una y otra vez. Ellos son el Atleti. De ellos escapa. Identificar al club con los despachos y no con los millares de seguidores es un grave error estratégico. Salvo un par de tópicos en su carta de despedida, Agüero se ha equivocado al no telegrafiar mensajes distintos a directiva y afición. Saber salir de un lugar después de una época feliz garantiza un pedestal eterno, en parte por el vacío que se deja tras la marcha. Hacerlo a empujones y desplantes enturbia indudablemente todo lo vivido.
La distancia le ha dado perspectiva y el Atlético es ahora para él es un recuerdo efímero, un pensamiento apenas recurrente. Le cambia el gesto cuando le toca hablar de ello, le amarga, le incomoda, casi le sorprende tener que confirmar que su fútbol no tiene sitio en el Atlético. El divertimento alrededor de su salida (“Apuesten por quien quieran menos por el Atleti”) ha disparado la indignación de compañeros de vestuario como Domínguez o Filipe.
Su desdén produce irritación. No hay que desentrañar las profundidades del sentimiento del hincha para entenderlo. Duele el abandono, duele el rechazo y duele el destino. Más allá de las explicaciones de su marcha, el tono lo ha absorbido todo. Agüero insiste en argumentar su vinculación profesional con la empresa más allá de los afectos. No es hincha del Atlético. Legítimo. El profesional está convencido de romper la relación contractual con la empresa, y probablemente tenga motivos. Pero ha arrastrado al futbolista a romper su relación afectiva con la afición, en un gesto innecesario, injusto y cruel. Al contrario que Forlán, que se peleó la grada, la relación del argentino con la afición fue impecable. Ha sido su pulso con los despachos lo que ha salpicado su posición de ídolo local.
Probablemente, el mejor futbolista atlético de los últimos 30 años, seña de una época y tótem de una generación ha elegido entre todas la más hiriente de las salidas. Que IMG, su suegro o su entorno impulsen su salida es lógico, no les ampara ningún relación afectiva con el Atlético. Solo ven a un futbolista superlativo jugando con el séptimo clasificado. A Agüero no se le exige el fervor de un aficionado, pero sí manejar los códigos de respeto a su "lugar de trabajo", que tienen que ver con la relación futbolista-masa social, sin la cuál este juego no tendría sentido. De Gea, por acudir a símiles cercanos, se marchó silenciando un acuerdo cerrado meses antes, en un gesto bastante discutible, pero supo maniobrar para dejar su reputación sin mancha.
Es justo decir que Agüero dió cinco años a gran nivel, como lo es también que el club hizo una gran apuesta al ficharlo con 17 años y al mantener este tiempo un sueldo proporcional a su talento. En esos términos, ni el club le debe nada al futbolista ni viceversa. Nada les une, ni del pasado ni del compromiso futuro. Es una relación laboral que puede seguir teniendo sentido o no, pasiones aparte. Agüero está en su derecho de elegir su camino. Ahora bien, si lo hace quemando todo a su paso, empañará su pasado y perderá el puesto afectivo que ocupaba para la hinchada. También es legítimo que no le importe. Pero ocurrirá. Está ocurriendo.
Luego viene el hartazgo, las falsas promesas, el debilitamiento del equipo, los gestos de la directiva, una más que probable deuda económica del club sobre el futbolista y tantas gotas más que desbordaron el vaso del argentino. Todo ello bastaría para reventar la actitud más paciente. Si el análisis se lleva en términos de gestión, es evidente la responsabilidad de una directiva incapaz de generar un equipo alrededor de un activo de semejante nivel. Pero eso no excluye al futbolista de su responsabilidad. Y sobre todo, de la elección del destino, cuando las cartas se pongan sobre la mesa finalizada la Copa América.
Más allá de la reprensible gestión directiva, existe una realidad deportiva que enmarca todo lo ocurrido. O dicho de otro modo, el crecimiento de club y futbolista es manifiestamente desigual. Es razonable plantear que el Atlético no haya alcanzado un nivel como para alojar a una de las grandes estrellas del momento. Un club que, tras vencer dos títulos y en su cima deportiva de los últimos 15 años, únicamente alcanzó el 17º puesto entre los clubs más poderosos del planeta.
Pensar si la situación actual se hubiera evitado de haber terminado el Atlético en puestos de Champions es hacer futbol ficción. Pero sirve para reflexionar sobre si el techo virtual del Atlético en estos momentos -3º en su país, en el mejor de los casos; quizá algún titulo menor- es suficiente para un futbolista de élite de 22 años. Probablemente no. Quiza hubiera prolongado la estancia de Agüero un par de años más, quizá se hubiera producido una salida menos brusca. Nada más.
Hoy por hoy, la distancia entre el club que debería ser el Atlético para albergar jugadores como Agüero y el máximo rendimiento deportivo que podría tener el club en un hipotético cambio de gestores sigue siendo abismal. Ni siquiera un profunda renovación estructural le acercaría a la máxima élite europea, al menos a medio plazo. Es un análisis de bastante simpleza, pero no por ello menos crudo: un futbolista como Agüero no tiene sitio en el Atlético actual. No priva de ambición asumir esa posición, vender y seguir creciendo.
Agüero dejará un fractura sustancial, ignorarlo sería imprudente. Desprenderse de talento es el primer síntoma de debilidad. Pero concentrar el talento de un colectivo en un solo individuo es improductivo. Agüero no solo daba goles, también sensación de prestigio y grandeza. Lo primero se compra. Lo segundo deberá pasar de lo individual al grupo. El reto mayor tiene que ver con entender la catársis que supone un cambio de estas dimensiones. Ya ocurrió otras veces. Todo tiene su fin, aunque ahora mismo no se vislumbre.
