"Elías ha revolucionado el partido." Manzano.
Elías Mendes, ese chico extraño, siempre sospechoso, aterrizado hace seis meses y aún con aire distraído cada vez que pisa césped. Futbolista de quinielas cuando toca recortar plantilla, convocatoria o cupo extracomunitario. Descarte, duda, problema. Adquisición sospechosa del viejo Pitarch, porque brasileño y porque Pitarch. Mediano pedigrí, chivo expiatorio. Ese Elías.
El brasileño, al que nadie esperaba, se bastó ante el Vitoria Guimaraes de media hora y dos fogonazos de cazador para empujar al Atlético hacia la fase de grupos europea. Inconstante para el proceso artesanal del juego, Elías tiene ese olfato extraño de llegador al hueco tan propio de culturas balompédicas desapegadas del rigor táctico. Maneja los espacios y tiempos de la segunda línea, sabe desaparecer, agazaparse y esperar. Y cuando asoma, muerde. Manzano le hizo volar en la segunda mitad, en un sistema que, más allá de nomenclaturas, pretende encontrar posiciones a futbolistas, y no al revés. El empeño del técnico podría darle acomodo definitivo al brasileño si primero consigue resolver el sudoku foráneo, donde Miranda, Salvio y el propio Elías pelean un par de plazas.
Porque la tercera será para Falcao. La aparición espectral del colombiano en los videomarcadores del Calderón precipita los estados anímicos de la grada. La ansiedad está tomando un giro inquietante, algo esquizo. El estadio desdobla personalidad, odia históricos, adora desconocidos. Hormonada por huidas, escondites, sábanas y portadas de prensa, la afición vive histérica, excitada, desbordada por su propia incapacidad para renovar ídolos con naturalidad. No sabe a quién odiar ni a quién amar. Las furias al palco se han teledirigido al último héroe caído e incluso al rival vecino, que tanto pinta en la construcción mental de esta parroquia. El calor aprieta los cerebelos, que transpiran bilis dejando salir xenofobia -Marcelo- y defunciones deseadas -Agüero, Mourinho-. El margen para descabalgar emociones en el fútbol no es infinito. Quizá la revuelta agenda madrileña extrafutbolística de los últimos días haya prendido mechas. De cualquier modo, el Calderón es estos días un ambiente hostil y ajeno al pensamiento neutro. Y Forlán en la grada, esperando destino. El verano de los veranos de los últimos tiempos rojiblancos.
En el césped, Manzano ha quitado el corsé del dibujo y parece dejar flotar a cada uno en su sitio. Así, Reyes es dueño de su propia libertad, sin grilletes, trotando en una franja central tan ancha como a él le plazca que sea. Delante suyo, Adrián y Salvio bailaban cada cual su repertorio, más afinado el asturiano, que crece a arreones. La manga ancha del técnico amplía la capacidad de movimiento de jugadores como Silvio o Tiago, desbocados en sus apariciones ofensivas. El lateral estrelló un zurdazo delicioso en la madera y el mediocentro calzó un remate de espaldas tras un gran pase interior de Gabi, otro de los más entonados. Es definitivo que el madrileño es el hombre de confianza de Manzano para la cocina. Futbolista sin estridencia y apenas aristas, ha madurado hasta entender sus deficiencias y saber exponer sus cualidades con normalidad.
El Vitoria, dócil pero ordenado, defendió con obediencia mientras tuvo todos sus miembros sobre el campo. Pero en un suspiro, perdió a Joao Pablo, que atropelló a Adrián, y el Atlético ganó a Elías. El campo se inclinó. Quedaría algún susto visitante, como el remate de Targino a la madera, pero pronto llegaría el primero de Elías, al cabecear con ímpetu un revuelo de Adrián. Y el segundo, en un remate preciso tras nueva asistencia del asturiano. Ante la ausencia de grandes rostros, ha tomado el Atlético un silencioso espíritu coral, sin dependencias y repleto de secundarios aplicados. Válido ante el quinto clasificado portugués, a falta de ensayos mayores.













