
En el fútbol, las aficiones escogen tótems a partir de las grandes gestas, pero los matices son definitivos para calar hondo. Quique Flores, para siempre en la retina como el técnico que devolvió lustre a las vitrinas rojiblancas, se marchó entre lágrimas, agradecido, sincero. Mal año para el fútbol, definitivo en escenas de andén de estación. A Forlán y a Quique les acompañará la misma gloria en la consecución de los dos títulos europeos, pero, en la jerarquía anímica del Calderón, ya ocupan plazas distintas. El estadio despidió anoche al técnico con la ovación más emocionante y larga de los últimos tiempos, al tiempo que reforzaba su apoyo a Flores con un desconsolador “uruguayo mercenario”.
El delantero charrúa, recluido en la grada ante el Hércules tras su enésimo roce con el técnico, sufrió un ajusticiamiento público en el que podría ser su último partido como rojiblanco. Pocos futbolistas han descendido tanto en tan poco tiempo. Héroe de la Liga Europa y Balón de Oro del pasado Mundial, solo nueve meses después ha tocado fondo, ha perdido galones e incluso el respeto de sus fieles. Su campaña ha sido un rosario: enfrentado con la grada, con algún compañero y, finalmente, con el técnico. La afición, soberana y cruda, no ha aceptado un año de ofensas y la ruptura tiene difícil solución.
En el
campo, el trámite ante el Hércules se saldó con la clasificación europea en un partido bajo mínimos, marcado por la renuncia al balón y la aparición estelar de Agüero y Reyes, que repetían en el frente. Los alicantinos, ya descendidos, defendieron sin tensión el primer ataque local y Domínguez anotó tras un rechace a disparo de Mario Suárez.
A pesar del tanto, el Hércules creció alrededor de Farinós, un tipo al que todavía se le puede fiar dinero, y de su guardameta suplente, el holandés Velthuizen, que pronto sacaría un pie imposible ante Juanfran, efervescente en su costado. Llegaba limpio el Atlético, pese a la antediluviana defensa de cinco de Djukic, que le traerá tantos recuerdos. En dos jugadas similares, a Koke y Suárez les faltó diente en el remate y estrellaron sendos balones en la cruceta y la cepa del poste.
Ante las bajas de Godín, Perea y Ujfalusi, Quique había dado la alternativa a Pulido, que hizo un cursillo acelerado de fútbol de élite. Primero se la jugó Abraham Paz, perro viejo, que buscó el suelo en un forecejeo aéreo y se cobró un penalti. De Gea, enorme en los once metros, corrigió al debutante y detuvo el lanzamiento de Trezeguet. Ya en la segunda mitad, el central canterano cambió de marca a balón parado y se encargó del ariete francés. Mal negocio. El ex de la Juve le ganó el espacio tras un córner y anotó el empate.

Voló entonces el Atlético enganchado a su juego de contragolpe y aprovechando los espacios a la espalda de la zaga blanquiazul. Lanzado por Reyes y Agüero, el conjunto rojiblanco finalmente encontró el segundo. El sevillano abrió el pasillo para el Kun, que no pudo definir ante Velthuizen, cuyo rechace voló imantado hasta la zurda de Reyes, que lo calzó de volea desde la frontal. Las intermitencias del genio sevillano son tan insoportables como deliciosas. Como las del Atlético, que el año que viene disputará la Liga Europa, la competición que le devolvió la gloria.
El delantero charrúa, recluido en la grada ante el Hércules tras su enésimo roce con el técnico, sufrió un ajusticiamiento público en el que podría ser su último partido como rojiblanco. Pocos futbolistas han descendido tanto en tan poco tiempo. Héroe de la Liga Europa y Balón de Oro del pasado Mundial, solo nueve meses después ha tocado fondo, ha perdido galones e incluso el respeto de sus fieles. Su campaña ha sido un rosario: enfrentado con la grada, con algún compañero y, finalmente, con el técnico. La afición, soberana y cruda, no ha aceptado un año de ofensas y la ruptura tiene difícil solución.
En el
campo, el trámite ante el Hércules se saldó con la clasificación europea en un partido bajo mínimos, marcado por la renuncia al balón y la aparición estelar de Agüero y Reyes, que repetían en el frente. Los alicantinos, ya descendidos, defendieron sin tensión el primer ataque local y Domínguez anotó tras un rechace a disparo de Mario Suárez.A pesar del tanto, el Hércules creció alrededor de Farinós, un tipo al que todavía se le puede fiar dinero, y de su guardameta suplente, el holandés Velthuizen, que pronto sacaría un pie imposible ante Juanfran, efervescente en su costado. Llegaba limpio el Atlético, pese a la antediluviana defensa de cinco de Djukic, que le traerá tantos recuerdos. En dos jugadas similares, a Koke y Suárez les faltó diente en el remate y estrellaron sendos balones en la cruceta y la cepa del poste.
Ante las bajas de Godín, Perea y Ujfalusi, Quique había dado la alternativa a Pulido, que hizo un cursillo acelerado de fútbol de élite. Primero se la jugó Abraham Paz, perro viejo, que buscó el suelo en un forecejeo aéreo y se cobró un penalti. De Gea, enorme en los once metros, corrigió al debutante y detuvo el lanzamiento de Trezeguet. Ya en la segunda mitad, el central canterano cambió de marca a balón parado y se encargó del ariete francés. Mal negocio. El ex de la Juve le ganó el espacio tras un córner y anotó el empate.

Voló entonces el Atlético enganchado a su juego de contragolpe y aprovechando los espacios a la espalda de la zaga blanquiazul. Lanzado por Reyes y Agüero, el conjunto rojiblanco finalmente encontró el segundo. El sevillano abrió el pasillo para el Kun, que no pudo definir ante Velthuizen, cuyo rechace voló imantado hasta la zurda de Reyes, que lo calzó de volea desde la frontal. Las intermitencias del genio sevillano son tan insoportables como deliciosas. Como las del Atlético, que el año que viene disputará la Liga Europa, la competición que le devolvió la gloria.





























