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11 de septiembre de 2011

este atleti no se traiciona. VALENCIA 1 - ATLÉTICO 0

"Me quedo con el control y la capacidad para acorralar al rival. Faltó el gol y habrá que esperar." Manzano.

  • Discreto debut de Falcao, que no remató ningún balón. El Atlético lleva 180 minutos sin marcar.
  • Gran Diego Ribas. Lideró la ofensiva en la segunda mitad. Manzano le metió de mediapunta en el 4-2-3-1 primero, y el 4-1-4-1 final.
  • El Atlético sigue apostando por el juego de posesión -54%-. Volvió a superar al rival en la circulación: 557 pases vs 426 del Valencia.


  • El Valencia dió ante el Atlético un golpe de autoridad, más que de juego. Un partido atropellado, intenso, rasgado en un suspiro por una aparición fabulosa de Soldado, pistolero del campeonato -4 tantos en 2 citas-, pero que deja el rastro de intenciones que Manzano viene sembrando desde su llegada. Venció el conjunto ché porque aún va un escalón por delante, pero terminó viéndose débil, acorralado y sin munición ante la estampida rojiblanca del último tercio del encuentro, liderada por un animoso Diego Ribas. La caballería atlética llegó tarde, pero el toque de corneta mandó un mensaje que los valencianistas no esperaban escuchar: la diferencia entre las dos grandes segundas fuerzas del campeonato se ha recortado. Equipos del mismo rango pero en distintas fases de construcción, que impidió la disputa real del puntaje.

    Encendió pronto Emery el martillo pilón del Valencia, que dedicó la primera media hora a percutir el centro de la defensa a través de Soldado, y a lanzar su vertiginoso juego en los costados, con Miguel meteórico. Se acercaban los locales, pero Courtois se agigantó en un par de pedradas que el chaval convirtió en arenisca. El belga es un portero mayúsculo, en otra órbita. Con 19 años muestra una seguridad que probablemente solo posea otro portero de su generación, precisamente el anterior ocupante del arco atlético. La elección de su titularidad avala el olfato de Manzano.

    Atropelló el partido que el Atlético respondiera con la misma intensidad. Falcao y Adrián revoloteaban por delante de Reyes en un juego de desmarques que el asturiano aún domina mejor que el fichaje estelar atlético. Al colombiano se le vió incómodo, desencajado y con el ánimo de un jet-lag interminable. No tanto fuera de ritmo, sino más bien aletargado y perdido en el dibujo del grupo. Se movió lejos del área, cayendo a los costados, donde su juego no tiene interés, y cuando buscó el remate se estrelló contra el hormigón de Rami y Víctor Ruiz.

    Un abismo con Soldado, en estado de gracia. Recién arrancada la segunda parte, Miguel cabalgó por el pasillo que le dejó Filipe y metió un comba para la llegada del delantero, al que le fue la vida en el remate. Desplazó a Miranda, le superó en el salto y reventó un testarazo a la red de Courtois. El gol le llegó al Valencia en su penúltimo esfuerzo, justo antes de dar la batalla balompédica por perdida y administrar esfuerzos para el achique. Porque a partir de ahí, el campo se inclinó.

    Manzano abrió el armario y sacó consecutivamente a Arda, Diego y Juanfran. Todo lo que tenía, hasta terminar con un dibujo desbrozado, imposible, retirando dos mediocentros para arremeter con una línea de cinco atacantes por delante de Gabi. Panza arriba y a empeñones, pero con orgullo, el Atlético empujó con aires de grandeza. Con el compromiso que sienten los equipos que se deben obligados a ganar siempre sin excusa. Olor a otras épocas. No lo logró, pero el espíritu servirá en otras citas.

    La aparición de Diego fue un bálsamo. La convicción para el resto del plantel de que el talento está de su lado. Para el brasileño no ha habido adaptación. Anunció prudencia Manzano ante un futbolista que llevaba tres meses fuera de ritmo, pero nadie imaginaba que estuviera en semejante nivel. No había duda de sus cualidades, pero sí de su predisposición a ponerlas en liza. En Mestalla avanzó pinceladas de su estado anímico: pidió el balón, acudió al rescate, se asoció y llegó.

    El Atlético se instaló en el balcón del área con toda su artillería y arrolló al Valencia, que resistió con un Guaita estelar hasta el último suspiro. No ganó, porque se gripa en la última franja del campo, pero sus carencias parecen solucionables. Pasan por mejorar la fase de definición, la que más precisión exige, y donde las mejores piezas han llegado con retraso.

    Este Atlético está verde, pero es un novato de grandes aspiraciones. La ambición le viene de la construcción de una hoja de ruta donde se ve protagonista, donde se exige un estilo por encima del resultado. Perder no es una opción, ni siquiera en un campo donde se hubiera disculpado una derrota mínima. Afina su actitud ganadora y su margen de mejora es enorme. Le queda el ajuste necesario de quién deja deberes sin hacer. Su engranaje a mediados de septiembre aún chirría como debió hacerlo en agosto. Pagará con puntos utilizar una competición para terminar su fase preparatoria. Pero está en el camino. Le queda empezar a recorrerlo, y que, cuando lo haga, sus rivales no se hayan alejado demasiado.





    aún no sigues al humanisto??

    13 de febrero de 2011

    el atlético es una ruina. ATLÉTICO 1 - VALENCIA 2




    Al Atlético se le llena de piedras el camino y no da un paso sin tropezar con alguna. Esta vez fue un Valencia al ralentí, lejos de su mejor versión y más pendiente de su enfrentamiento el miércoles contra el Schalke alemán. Un equipo ché sin brillantina, pero avizor al error rival, pescó una victoria que lleva a dimensiones siderales -17 puntos- la distancia del Atlético con los puestos Champions.

    La cuarta derrota liguera consecutiva deja a Quique Flores en el alambre y el incendio en el Calderón. Si algo le puede ir mal al Atlético de Madrid, a buen seguro le irá mal. A menudo ocurre cuando se dejan batallas al azar, se busca refugio en la resignación y el devenir de los acontecimientos siempre es responsabilidad ajena. Mientras, el Calderón arde. No ante su técnico, al que considera inquilino de turno, sino ante el palco, perpetuo culpable del infortunio atlético. El ambiente crispado tampoco alienta al equipo, que solo ha ganado seis de su docena de envites caseros.

    En el césped, a diferencia de otros equipos, pendientes de camuflar defectos cuando el brillo escasea, el Atlético muere en las fases lentas de los partidos. Su debilidad mental es extrema; su capacidad de dispersión, infinita. Tras realizar la mejor primera hora de la temporada, y arrinconar en su campo a un rival como el Valencia, los rojiblancos mostraron todos sus costurones cuando el conjunto de Emery aún pedaleaba sentado. En dos acciones imperdonables en duelos de altura, regaló primero el empate y después un penalti a favor. Con mayor decisión de la acostumbrada, el olfato de Joaquín apareció al final de cada acto para cortar el último hilo de esperanza rojiblanco de disputar la Champions League la próxima campaña.

    ...

    Lo que hubo del fútbol en el encuentro lo puso el arranque atlético, eléctrico. Con los equipos aún acomodándose, Forlán recuperó un balón y metió al pasillo central para Reyes, que pasó de puntillas entre Alba y Costa y batió con un zurdado a un mal colocado Guaita. Con el uruguayo afanado en la elaboración, en una actitud desconocida los últimos meses, la línea de tres cuartos rojiblanca creció sobremanera.

    El Atlético, impecable, dominaba todas las zonas. Cómodo con el balón, alargó las jugadas en un hambre por el posesión desconocida esta temporada. Presionó arriba, entorpeció la salida valencianista y defendió con brío. Tiago y Forlán armaban la construcción, Godín comandaba la zaga y Reyes y Agüero ponían la última marcha. Una conexión vertiginosa del sevillano y Raúl García estuvo a punto de dar el segundo tanto atlético. El extremo sacó una falta al despiste y el navarro se topó con la mano de Guaita tras peinar al segundo palo.

    Al Valencia le ahogó la línea de tres centrales que aplica Emery cuando le inquietan los partidos. Tardó en entrar en calor, pero cuando dió salida a los carriles, encontró un filón. Jordi Alba le ganó la espalda a Reyes, que no supo leer si un carrilero de cinco era cosa suya, y lanzó un balón manso al área rival. La defensa rojiblanca, que se había visto en quites peores, entró en convulsión con un balón raso, sencillo. Valera no lo vió, Perea lo dejó pasar entre sus piernas y Godín perdió la marca de Joaquín, que remachó solo a un par de metros de De Gea. Una broma.

    Cayó el descanso y volvió el Atlético con la misma actitud combativa, la única admisible. Pero cuando este equipo deja de controlar el balón, entra en fase de contemplación. En su realidad más bipolar, no tiene estados intermedios. O golpea o dormita como un bebé. Por suerte, Maduro embistió en el área una travesura de Reyes y el árbitro decretó penalti.

    Se puso entonces el viento a favor para la redención de Forlán, que personaliza toda la impotencia y rabia del un grupo venido inexplicablemente a menos en sólo dos meses. Pendía todo de un penalti, a la postre el más decisivo de los últimos tiempos: la continuidad del técnico, la salud de un equipo anestesiado, el cuello de una directiva tiritando y la salud de toda una grada expectante. Un instante para el concilio, un pacto en la escaramuza interna en una tarde que comenzó magnífica, con un doble Balón de Oro quisquilloso y criticado a los once metros, una de sus especialidades. El exorcismo se fue al palo y la sombra planeó el Manzanares. Llegaron entonces los fantasmas del pasado, los complejos, el miedo, los insultos, el segundo gol de Joaquín, los conjuros al palco y una tarde más de pesadilla atlética.



    23 de septiembre de 2010

    los aspirantes tiran de pizarra. VALENCIA 1 - ATLÉTICO 1


    Un remate en las alturas de Aduriz tumbó la apuesta táctica de Flores, brillante mientras aguantó la gasolina de sus chicos, tras disputar tres partidos en seis días sin apenas cambios. El duelo sobre el tablero de Quique y Emery lo partió el descanso, dando un acto a cada uno. No hay otra oportunidad para Atlético y Valencia de acosar a losdos que rozar la perfección, como indica el míster atlético, lo cual pasa por minimizar errores y sacar provecho a lo que uno y otro tienen, que no es poco.

    Atinó más Emery en los relevos, dando aire al equipo con la entrada de Soldado y Pablo Hernández. Del lado atlético, la mejor señal fue de nuevo su solidez defensiva, el acoplamiento de las dos líneas intermedias y la generosidad de sus futbolistas más talentosos. Y que atrás tiene a De Gea, superlativo, el portero más atacado de la competición, que acumula actuaciones de mérito para la temporada de su consagración.


    Ante la ausencia de Agüero, prefirió Quique el músculo de Costa a la sutileza de Mérida, y la apuesta le salió redonda. En el primer periodo, ahogó la salida de balón ché, poniendo en evidencia a sus centrales y recuperando en campo contrario. Mientras el Atlético tuvo gas, el Valencia no cosió tres pases seguidos. Joaquín no llegaba, Domínguez se quedó atrapado entre dos muros y Mata, desplazado en la izquierda, terminó por escapar de Perea para contactar con el balón. El colombiano dió una lección defensiva: encaró con astucia la habilidad del asturiano, se aplicó contundente ante el músculo de Mathieu, y fue al corte con velocidad por detrás de sus centrales.

    Estático el Valencia en sus ataques, la única vía fueron los balones sobre la cabeza de Aduriz o para su control de espaldas, alguno peligroso, pero todos previsibles. Aguardaba agazapado el Atlético, defendiendo de cara, con relativa comodidad. Y así pegó el zarpazo. Tras un córner del Valencia, salió en estampida, liderado por Forlán, que primero aparentó templar y después bombeó hacia la carrera de Antonio López, quien cedió a Simao para que batiera a César. El portugués, que anotó su segundo tanto, los mismos que toda la liga pasada, tuvo una actuación notable; se movió con inteligencia, estuvo ágil y jugó con criterio, agradeciendo haberse aligerado este curso de partidos.

    Siguió a la carrera el Atlético, dominando su área y controlando los duelos en banda, como el de Reyes con Mathieu, y con un Raúl García jerárquico y aseado. Balones a la carrera para su frente atacante y pocas dudas en el ejercicio defensivo. Superior en el tablero, pero insulso en el juego, sustituyó la combinación por cargas de caballería.

    El partido se hubiera cerrado si Forlán, que dribló a César tras gran asistencia de Raúl García, hubiera arriesgado con el disparo cruzado en lugar de tratar de llevar el balón hasta la red. El uruguayo, que entendió su papel en un duelo sin brillantina, se vació por el grupo y estuvo generoso en la presión.

    Para la segunda mitad, Emery tuvo más planes que Quique. Inclinó el campo con los cambios; Soldado aportó movilidad y Pablo Hernández avisó nada más salir con un misil desde fuera del área. De Gea, prodigioso, se aplicó con una gran estirada a media altura. El portero amargaría después a Soldado tras detenerle primero un latigazo lejano y después un cabezazo franco.

    Tanto empujaba el Valencia que terminó por ir a morder Albelda a una esquina, de donde sacó un balón para los muelles de Aduriz, que se elevó por encima de Perea para lograr el empate. No merecía menos el Valencia, que hizo méritos porque le tocó remar en casa, no porque no comparta con el Atlético discurso granítico. De la continuidad que ambos puedan darle a su apuesta por la contundencia dependerán sus opciones de ser una alternativa real a losdos.