
"He tenido miedo a que nos empataran en los minutos finales." José Mourinho.
"Quizá el resultado haya sido injusto." Iker Casillas.
La batalla terminó antes de llegar a las manos, en las riñas iniciales. Sin debate, como tantas veces, el derby se lo llevó el Madrid gracias a un tibio zarandeo inicial que mandó a la lona a su némesis local. Hace años que le basta un soplido al conjunto blanco para sobrecoger los planes de los atléticos. Una vez el partido ya está resuelto, el conjunto rojiblanco aparenta orgullo y trata de recuperar la autoestima poniendo en aprietos a su acaudalado rival. Es todo artificio. El guión no tiene trama, se resuelve en un suspiro.
La última bala del Atlético para salvar un temporada turbulenta se disparó al aire. El Atlético le ha perdido las ganas de discutirle al vecino y este año, entre Liga y Copa, ha tenido ración doble de resignación. Ya son 21 envites consecutivos sin ganar. Con Forlán intrascendente, solo la actuación de Agüero en la segunda mitad amagó cambiar el registro. Aún así, el fútbol subversivo del argentino no pudo con el Madrid. El preciso manejo de las áreas del conjunto blanco es de una eficacia incontestable. Su fútbol, otra cosa, es a menudo industrial, rasposo, muy medido de vueltas, solo apto para grandes adeptos.
Mourinho había preparado el encuentro a través del despliegue de su maquinaria pesada, con Lass y Khedira barriendo metros junto al Alonso más subterráneo que se recuerda. Una evidencia de la fascinación del técnico portugués por las cualidades mecánicas de sus pupilos. Solo así es posible que en el Madrid actual reluzca hasta el carbón de la sala de máquinas. Mínimo esfuerzo, máxima eficacia. El resultado fue un estado de anestesia general donde Khedira fue capitán general. Con Cristiano pendiente de los focos, el Madrid se pusó a rodar sobre los raíles del alemán, desconocido en su faceta de tren de mercancías. El primer tramo de partido fue suyo y también la combinación de mayor mérito de los blancos.
El mediocentro se dejó ver por la franja central para pivotear como los grandes tanques de área. Se desconocía que tuviera sensibilidad en el pie hasta la genial asistencia que Benzema no desaprovechó. El francés, hombre de moda al otro lado del río y por extensión, en todo el planeta futbolístico, dejó el gran -único- destello de brillantina blanco antes del cuarto de hora, batiendo a De Gea con una caricia del exterior de su bota diestra. Como Raúl en la 07-08, Van Nistelrooy en la 08-09 y Kaká en la 09-10, a l'enfant terrible del madridismo le tocó resolver en sus albores el derby del Manzanares.
Puesto de nuevo en evidencia por su fragilidad defensiva, el Atleti se encomendó a sus hombres de ataque, donde le suele ir bastante mejor. Aunque no si Casillas está enfrente. A cada acometida rojiblanca respondió diferencial el portero, héroe blanco por enésima vez en momentos de apuro. El guardameta, que vive sin sobresaltos bajo los muros de contención de sus compañeros, promedia dos paradas por partido liguero. Ayer realizó nueve.
Dos manoplas del capitán ante Agüero y Godín precedieron una fantástica estirada al remate del Kun, que aprovechó la dureza de cintura de Pepe. Se estiraba el Atlético, encaramado a las espaldas de Reyes y Agüero, satélites futbolísticos de un equipo errante. Xabi Alonso estuvo blando en un contrabalón con el sevillano y Casillas acudió de nuevo sacando sus puños fuera. Los mejores momentos del equipo local se esfumarían con otra llegada fulgurante del Real Madrid.
El balón pasó de una banda a otra hasta caer a los pies de Marcelo, que le lió un ovillo a Suárez y dejó en la frontal donde llegaba Özil. El alemán, desterrado a una banda en el esquema de contención madridista, optó por abandonar paulatinamente el costado y aparecer en el balcón del área. Desde ahí conectó un remate mordido que no preocupó a nadie salvo a De Gea. El joven portero realizó un escorzo innecesario y permitió el segundo tanto blanco.
Decepcionante por su incapacidad de hilar dos pases, el Madrid fue devastador en ataque. Su interés en recuperar el balón se resolvía trasportándolo lo antes posible a la zona de definición. Una lección de manual de Mourinho: no existen las zonas intermedias, exponente máximo de la indefinición en el deporte. Los blancos habían resuelto con dos hachazos y el interés se centró en devolver el partido a su estado narcótico. El Madrid inundó de barbitúricos cada jugada, con un sólido cerrojo y una operativa pérdida de minutos. El planteamiento acorazado que encumbró al técnico portugués en Italia también le da réditos en la Liga española. Incluso Alonso alumbraba artes desconocidas.
La última bala del Atlético para salvar un temporada turbulenta se disparó al aire. El Atlético le ha perdido las ganas de discutirle al vecino y este año, entre Liga y Copa, ha tenido ración doble de resignación. Ya son 21 envites consecutivos sin ganar. Con Forlán intrascendente, solo la actuación de Agüero en la segunda mitad amagó cambiar el registro. Aún así, el fútbol subversivo del argentino no pudo con el Madrid. El preciso manejo de las áreas del conjunto blanco es de una eficacia incontestable. Su fútbol, otra cosa, es a menudo industrial, rasposo, muy medido de vueltas, solo apto para grandes adeptos.
Mourinho había preparado el encuentro a través del despliegue de su maquinaria pesada, con Lass y Khedira barriendo metros junto al Alonso más subterráneo que se recuerda. Una evidencia de la fascinación del técnico portugués por las cualidades mecánicas de sus pupilos. Solo así es posible que en el Madrid actual reluzca hasta el carbón de la sala de máquinas. Mínimo esfuerzo, máxima eficacia. El resultado fue un estado de anestesia general donde Khedira fue capitán general. Con Cristiano pendiente de los focos, el Madrid se pusó a rodar sobre los raíles del alemán, desconocido en su faceta de tren de mercancías. El primer tramo de partido fue suyo y también la combinación de mayor mérito de los blancos.
El mediocentro se dejó ver por la franja central para pivotear como los grandes tanques de área. Se desconocía que tuviera sensibilidad en el pie hasta la genial asistencia que Benzema no desaprovechó. El francés, hombre de moda al otro lado del río y por extensión, en todo el planeta futbolístico, dejó el gran -único- destello de brillantina blanco antes del cuarto de hora, batiendo a De Gea con una caricia del exterior de su bota diestra. Como Raúl en la 07-08, Van Nistelrooy en la 08-09 y Kaká en la 09-10, a l'enfant terrible del madridismo le tocó resolver en sus albores el derby del Manzanares.
Puesto de nuevo en evidencia por su fragilidad defensiva, el Atleti se encomendó a sus hombres de ataque, donde le suele ir bastante mejor. Aunque no si Casillas está enfrente. A cada acometida rojiblanca respondió diferencial el portero, héroe blanco por enésima vez en momentos de apuro. El guardameta, que vive sin sobresaltos bajo los muros de contención de sus compañeros, promedia dos paradas por partido liguero. Ayer realizó nueve.
Dos manoplas del capitán ante Agüero y Godín precedieron una fantástica estirada al remate del Kun, que aprovechó la dureza de cintura de Pepe. Se estiraba el Atlético, encaramado a las espaldas de Reyes y Agüero, satélites futbolísticos de un equipo errante. Xabi Alonso estuvo blando en un contrabalón con el sevillano y Casillas acudió de nuevo sacando sus puños fuera. Los mejores momentos del equipo local se esfumarían con otra llegada fulgurante del Real Madrid.
El balón pasó de una banda a otra hasta caer a los pies de Marcelo, que le lió un ovillo a Suárez y dejó en la frontal donde llegaba Özil. El alemán, desterrado a una banda en el esquema de contención madridista, optó por abandonar paulatinamente el costado y aparecer en el balcón del área. Desde ahí conectó un remate mordido que no preocupó a nadie salvo a De Gea. El joven portero realizó un escorzo innecesario y permitió el segundo tanto blanco.
Decepcionante por su incapacidad de hilar dos pases, el Madrid fue devastador en ataque. Su interés en recuperar el balón se resolvía trasportándolo lo antes posible a la zona de definición. Una lección de manual de Mourinho: no existen las zonas intermedias, exponente máximo de la indefinición en el deporte. Los blancos habían resuelto con dos hachazos y el interés se centró en devolver el partido a su estado narcótico. El Madrid inundó de barbitúricos cada jugada, con un sólido cerrojo y una operativa pérdida de minutos. El planteamiento acorazado que encumbró al técnico portugués en Italia también le da réditos en la Liga española. Incluso Alonso alumbraba artes desconocidas.

Elías, al que nadie advirtió, había dejado su sitio en el descanso a Koke, canterano que crece a cada partido y que puso en apuros el cemento madridista, que comenzaba poco a poco a resquebrajarse. El fútbol se adormeció y el derby se encaminó a su historia más reciente. Solo Agüero pudo sacar al partido de su órbita. Un futbolista descomunal, tres cuerpos por encima de cualquier otro con su misma camiseta. Percutió donde quiso y cuando quiso. Fue el único futbolista del campo que no supo de acuerdos previos entre rivales locales. Con Mourinho disfrutando su anestesia y el Calderón conformado, solo el Kun parecía indignarse. Su duelo de altura con Casillas dejó una segunda mitad repleta de emociones.
El guardameta blanco frustró primero una llegada fulgurante del argentino, que no encontró huecos para resolver el uno contra uno. Solo el portero era capaz de desafiar el ímpetu del Kun, pues no hubo defensor madridista que encontrara manera de frenarle. La salida de Diego Costa, especialista talonador, mandó a Agüero al costado zurdo, donde puso en evidencia a Ramos como antes había hecho con Pepe. El argentino retó a duelo al lateral sevillano. Arrancó, tiró una pared con Koke y ajustó un remate cruzado al que al fin Casillas no supo llegar. No dio tiempo a nada más, la rebelión de Agüero no saldrá en los libros. Ante el Real Madrid, no basta solo con el Kun.





El Madrid esperó, como un equipo que cuando llega es una manada 