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20 de marzo de 2011

el madrid resiste al kun. ATLÉTICO 1 - R. MADRID 2




La batalla terminó antes de llegar a las manos, en las riñas iniciales. Sin debate, como tantas veces, el derby se lo llevó el Madrid gracias a un tibio zarandeo inicial que mandó a la lona a su némesis local. Hace años que le basta un soplido al conjunto blanco para sobrecoger los planes de los atléticos. Una vez el partido ya está resuelto, el conjunto rojiblanco aparenta orgullo y trata de recuperar la autoestima poniendo en aprietos a su acaudalado rival. Es todo artificio. El guión no tiene trama, se resuelve en un suspiro.

La última bala del Atlético para salvar un temporada turbulenta se disparó al aire. El Atlético le ha perdido las ganas de discutirle al vecino y este año, entre Liga y Copa, ha tenido ración doble de resignación. Ya son 21 envites consecutivos sin ganar. Con Forlán intrascendente, solo la actuación de Agüero en la segunda mitad amagó cambiar el registro. Aún así, el fútbol subversivo del argentino no pudo con el Madrid. El preciso manejo de las áreas del conjunto blanco es de una eficacia incontestable. Su fútbol, otra cosa, es a menudo industrial, rasposo, muy medido de vueltas, solo apto para grandes adeptos.

Mourinho había preparado el encuentro a través del despliegue de su maquinaria pesada, con Lass y Khedira barriendo metros junto al Alonso más subterráneo que se recuerda. Una evidencia de la fascinación del técnico portugués por las cualidades mecánicas de sus pupilos. Solo así es posible que en el Madrid actual reluzca hasta el carbón de la sala de máquinas. Mínimo esfuerzo, máxima eficacia. El resultado fue un estado de anestesia general donde Khedira fue capitán general. Con Cristiano pendiente de los focos, el Madrid se pusó a rodar sobre los raíles del alemán, desconocido en su faceta de tren de mercancías. El primer tramo de partido fue suyo y también la combinación de mayor mérito de los blancos.

El mediocentro se dejó ver por la franja central para pivotear como los grandes tanques de área. Se desconocía que tuviera sensibilidad en el pie hasta la genial asistencia que Benzema no desaprovechó. El francés, hombre de moda al otro lado del río y por extensión, en todo el planeta futbolístico, dejó el gran -único- destello de brillantina blanco antes del cuarto de hora, batiendo a De Gea con una caricia del exterior de su bota diestra. Como Raúl en la 07-08, Van Nistelrooy en la 08-09 y Kaká en la 09-10, a l'enfant terrible del madridismo le tocó resolver en sus albores el derby del Manzanares.

Puesto de nuevo en evidencia por su fragilidad defensiva, el Atleti se encomendó a sus hombres de ataque, donde le suele ir bastante mejor. Aunque no si Casillas está enfrente. A cada acometida rojiblanca respondió diferencial el portero, héroe blanco por enésima vez en momentos de apuro. El guardameta, que vive sin sobresaltos bajo los muros de contención de sus compañeros, promedia dos paradas por partido liguero. Ayer realizó nueve.

Dos manoplas del capitán ante Agüero y Godín precedieron una fantástica estirada al remate del Kun, que aprovechó la dureza de cintura de Pepe. Se estiraba el Atlético, encaramado a las espaldas de Reyes y Agüero, satélites futbolísticos de un equipo errante. Xabi Alonso estuvo blando en un contrabalón con el sevillano y Casillas acudió de nuevo sacando sus puños fuera. Los mejores momentos del equipo local se esfumarían con otra llegada fulgurante del Real Madrid.

El balón pasó de una banda a otra hasta caer a los pies de Marcelo, que le lió un ovillo a Suárez y dejó en la frontal donde llegaba Özil. El alemán, desterrado a una banda en el esquema de contención madridista, optó por abandonar paulatinamente el costado y aparecer en el balcón del área. Desde ahí conectó un remate mordido que no preocupó a nadie salvo a De Gea. El joven portero realizó un escorzo innecesario y permitió el segundo tanto blanco.

Decepcionante por su incapacidad de hilar dos pases, el Madrid fue devastador en ataque. Su interés en recuperar el balón se resolvía trasportándolo lo antes posible a la zona de definición. Una lección de manual de Mourinho: no existen las zonas intermedias, exponente máximo de la indefinición en el deporte. Los blancos habían resuelto con dos hachazos y el interés se centró en devolver el partido a su estado narcótico. El Madrid inundó de barbitúricos cada jugada, con un sólido cerrojo y una operativa pérdida de minutos. El planteamiento acorazado que encumbró al técnico portugués en Italia también le da réditos en la Liga española. Incluso Alonso alumbraba artes desconocidas.

Elías, al que nadie advirtió, había dejado su sitio en el descanso a Koke, canterano que crece a cada partido y que puso en apuros el cemento madridista, que comenzaba poco a poco a resquebrajarse. El fútbol se adormeció y el derby se encaminó a su historia más reciente. Solo Agüero pudo sacar al partido de su órbita. Un futbolista descomunal, tres cuerpos por encima de cualquier otro con su misma camiseta. Percutió donde quiso y cuando quiso. Fue el único futbolista del campo que no supo de acuerdos previos entre rivales locales. Con Mourinho disfrutando su anestesia y el Calderón conformado, solo el Kun parecía indignarse. Su duelo de altura con Casillas dejó una segunda mitad repleta de emociones.

El guardameta blanco frustró primero una llegada fulgurante del argentino, que no encontró huecos para resolver el uno contra uno. Solo el portero era capaz de desafiar el ímpetu del Kun, pues no hubo defensor madridista que encontrara manera de frenarle. La salida de Diego Costa, especialista talonador, mandó a Agüero al costado zurdo, donde puso en evidencia a Ramos como antes había hecho con Pepe. El argentino retó a duelo al lateral sevillano. Arrancó, tiró una pared con Koke y ajustó un remate cruzado al que al fin Casillas no supo llegar. No dio tiempo a nada más, la rebelión de Agüero no saldrá en los libros. Ante el Real Madrid, no basta solo con el Kun.

21 de enero de 2011

el atlético está fuera. ATLÉTICO 0 - R. MADRID 1




El Atlético está fuera de la Copa, pero aún más, fuera de la élite, donde Quique lo coló durante cinco meses, gracias al crédito ganado en los dos torneos en los que ya no compite. Salvando el ciclo de euforia de Mayo a Agosto del año pasado, que lo llevó a disputar tres finales y ganar dos, el club se sigue manejando en una rutina muy propia, casi perversa, de montaña rusa emocional, desquiciante para muchos y enfermiza pero vital para un puñado de fieles.

Los rojiblancos se marchan de la Copa agachados. Cada derrota ante el Madrid es otra muesca en la pared, una colleja que golpea más su ánimo que su fútbol. Y este año hay ración doble. No se le exige ganar al Madrid, batalla que los rojiblancos deben afrontar en el psicoanalista, pero sí tener un discurso contestatario, al menos para acompañar la ilusión en la remontada que había mantenido viva a la hinchada durante una semana, con cierto aire de ingenuidad.

Lo tiene Quique, el técnico con el tono más optimista, realista y ambicioso de cuantos han pasado en los últimos tiempos por el Manzanares. El madrileño agota todas las vías posibles de reacción. Su fe en el plantel es ilimitada. Lo agita, cambia el sistema, mueve las piezas, motiva a los dudosos y tira de cantera a más no poder. Pero el equipo tiene techo. Con Agüero, es luchar por entrar en Champions. Sin él, racanear un puesto europeo. Pero sin el argentino ni Reyes, el equipo entra en las tinieblas. Es importante ser conscientes, al menos para bajar el listón.

La convulsión interna en la que se ha instalado el Madrid no hizo mella en el conjunto de Mourinho, un grupo de funcionarios sin resquicio ni error humano. Solo uno, el de Casillas, que pifió en un despeje cuando Reyes le apretó en la presión. El balón pegó en el andaluz y quedó dando tumbos sobre el área blanca. Que un rechace del portero rival fuera el cenit del partido que iba a cambiar el destino de la temporada dice mucho de como está este equipo. Basta ver que un Madrid al ralentí apenas pasó apuros.

Mourinho, que no tiene partidos trámite, se mantuvo a la expectativa, esperando acometer la tormenta local. Maniobró con contención, ubicando a Marcelo como interior y seis hombres por detrás del balón, con las balas de Kaká y Benzema en la recámara. Un equipo muy por debajo de su nivel habitual, acostumbrado a bajar el pistón cuando la situación no lo requiere.

La fe le duró al Calderón algo más de veinte minutos. Lo que tardó en perder a Reyes y encajar un tanto, todo en un suspiro. Demasiados acontecimientos para un equipo tan corto de recursos. El extremo se fue a la enfermería tras un encuentro con Arbeloa, y el Madrid aprovechó la superioridad para anotar. En la jugada más larga del encuentro, Alonso encontró la subida de Ramos y éste, un centro que fue a parar a Cristiano, supersónico ante Valera, que se giró y fusiló a De Gea. Fin de la historia. El incendio que había anunciado el Calderón se fue apagando hasta quedar en ascuas, y sin su número dos sobre el campo y Forlán claudicando, no quedó más remedio que resignarse.

El Madrid es un raro ecosistema donde habitan elementos de distinta condición, aparentemente indisolubles, pero que terminan por mezclar. De un lado, el fútbol elaborado y sencillo de Xabi Alonso, que ha hecho de Özil su socio más certero, y que se empeña en dotar al equipo de una tercera dimensión, aún en encuentros venidos a menos, como el del Calderón. Del otro, Cristiano y Di María, pistoleros de gatillo fácil, que no entienden otro lenguaje que el de correr y disparar, tremendamente resolutivo mientras la pólvora se mantenga seca. Anoche, el nexo entre ambos fue un extraño futbolista, que nunca será lateral por muchas horas que le eche: Marcelo. El brasileño no es el futbolista con más clase del Madrid ni el más determinante, pero su abanico de soluciones es más extenso de lo que aparenta. Unos metros por delante, y con Arbeola de guardaespaldas, descargó la salida blanca y supo combinar juego interior y desborde por fuera.

El Atlético compitió y tuvo intensidad, pero el exceso de revoluciones pronto se transformó en precipitación. Siempre un peldaño por debajo del Madrid, que controló desde la distancia, el conjunto rojiblanco no se dinamitó por falta de ritmo, sino por sus propias limitaciones técnicas. Controles, pases sencillos, todo se volvió un alboroto insoportable. Entró Costa por el magullado Reyes, pero fue peor, porque añadió más jaleo y el equipo hizo del recurso de su juego aéreo una constante.

Cuando Quique ordenó echar la pelota al pasto, tras la reanudación, el Atlético subió una marcha. Su empeño en dotar de algo de fútbol al equipo es encomiable, pero al plantel le hacen falta muchas sesiones de rondo. Ujfalusi y Filipe daban salida por el costado de Di María, y hubo algún tramo de control, a menudo demasiado horizontal. Forlán armó un par de disparos lejanos y una colada de Mérida la remató Costa a la grada, nada que pusiera en apuros al Madrid, con tres tantos de margen. Quique dió entrada a Juanfran y Perea para dar aire en los costados y Mourinho metió mayor control con Granero, Kaká y Gago, éste último relevando a Khedira, lesionado.

El azucarillo se fue deshaciendo hasta consumirse, con la rabia contenida en la grada, que deberá esperar otro año para citar sus fantasmas. La gran batalla que le queda al Atlético es el reto liguero del cuarto puesto, que deberá afrontar con la factura que deja el duelo madrileño: la lesión de Agüero tras la ida y de Reyes en la vuelta. Al otro lado de la ciudad, el Madrid vuela más alto que nunca, vivo en todas las competiciones. Pero también los blancos tienen su techo propio y su fantasma particular.

14 de enero de 2011

un madrid arrollador. R. MADRID 3 - ATLÉTICO 1




Es una historia de sobra conocida, que tiene explicaciones circunstanciales, pero se cimenta en años de cómoda rutina, con un status quo que deja al perdedor con excusas suficientes y al vencedor con aire paternal y comprensible. Hay máximas que atrapan a sus propietarios, y se convierten en muros mentales, más allá de lo explicable. A veces una casualidad lo supera, pero mientras tanto, son fantasmas invencibles. España no pasa de cuartos, el Atleti palma con el Madrid.

El barbecho rojiblanco ante su vecino acudió a una cita más, copera esta vez, pero es innegable que hay un oceáno entre un equipo y otro. No es batalla del Atlético meterse con rivales de semejante tamaño, por mucho que el orgullo incite a plantar cara. Se adelantó con un gol tempranero que ya no sorprende a nadie, se abandonó hasta embutirse sobre su línea frontal y terminó por regalar un tanto de circo sobre la bocina para cerrar un resultado que deja la vuelta a años luz de una posible remontada. Nada nuevo bajo el sol.

Vive el Atlético actual mirando más al cielo por la que le pueda caer que a los ojos de sus rivales. Obsesionado con la salida rápida del Madrid, Quique mandó retrasar las líneas tanto como fuera posible para evitar así el contragolpe rival. Lo logró, pero también incitó aún más el pim-pam-pum, sobre todo de Cristiano, que monopolizó los disparos blancos -14 de los 30-, la mayor parte desde el balcón del área.

Parapetados sobre su frontal, el equipo rojiblanco resistió mucho y bien. Lo que no previó Quique es que tan atrás el equipo iba a perder toda la salida. La presión madridista ganó quince metros y la posesión rojiblanca se redujo a despejes a filas enemigas disfrazados de pase largo a Agüero y Forlán, de nuevo pareja de baile.

En una de esas, De Gea mandó a la guerra un balón que amansó Reyes por el carril central y metió al desmarque del Kun, media zancada por delante de su marcador. El argentino llegó hasta el área, donde se empotró con Casillas, pero metiendo antes la puntera para la llegada de Forlán, que remató sin oposición. El uruguayo, aún renqueante, está muchos cuerpos por delante de Diego Costa, sustituto habitual.

El oro logrado deslumbró tanto al grupo de Quique que le duró un suspiro. En un saque de esquina botado por Di María, Ramos trepó sobre Domínguez para elevarse y conectar un cabezazo prodigioso sobre la meta de De Gea para lograr el empate. El Madrid, encabritado, adelantó unos metros su artillería y la montó sobre la trinchera colchonera, liderada por un colosal Perea, que apagó media docena de incendios a base de velocidad y capacidad de reacción.

La posición exageradamente retrasada del Atlético se tradujo en un cambio de costumbres de su rival. Obligado a un ataque más posicional, el juego blanco creció. Abandonó su habitual cerrar y pegar y cambió el marcador por el césped. El Madrid ganó pausa y Ozil creció por encima del resto, flotando entre centrales y medios atléticos.

Con Alonso más libre, el mediapunta alemán se hizo con la pelota e incluso disfrutó por momentos, auxiliado en el costado por un voluntarioso Marcelo. El lateral brasileño, ayudado en la cobertura por Ramos y Khedira, complicó el debut de Juanfran, obligando al extremo a desgastarse en labores de contención. Di María y Ronaldo, a lo suyo, hacían de cada balón una cacería, pero más arriba que de costumbre, con lo que los blancos ganaron elaboración.

El Atlético salió vivo de chiripa y llegó con las tablas al descanso. El martillo pilón madridista se estrelló una y otra vez con De Gea, que estuvo extraordinario volando para rechazar un nuevo testarazo de Carvalho y en la acción siguiente ante un latigazo de Ronaldo. El guardameta canterano, más solicitado que de costumbre, llegó a detener hasta once balones, salvando a su equipo de una derrota mayor.

Aún así, la ocasión más clara tras la reanudación se la apuntó el Atlético. En una jugada calcada a la del gol, Agüero arrancó a la carrera y superó a Ramos con un control de pecho que después acomodó con un leve palmeo. Su remate se estrelló de nuevo en Casillas y fue a parar a Forlán, que siempre acompaña la estampida del Kun, pero que en esta ocasión estrelló el remate en la madera.

El motor gripado de Raúl García dejó su sitio a Mario Suárez. El equipo tuvo una ligera mejoría, quizá más que ver con que el Madrid se iba quedando sin gasolina. Benzema dejó sitio a Kaka, intrascendente, pero desplazó a Ronaldo a la zona central, como falso ariete. El agotamiento hizo retornar al Madrid a su estilo habitual de guerra de guerrillas. Una correría de Ozil terminó con un balón picado para que Ronaldo, libre de marca en su nueva posición, sorprendiera anotando en el segundo palo.

El portugués convirtió sus revoluciones en violencia y se lanzó al zapato de Ujfalusi en una acción que, de haberse sucedido al revés, hubiera dado para una semana de portadas. Con los dos tropeles dando por cerrado el litigio, el Atlético acudió a su cita con la feria defensiva. En una nueva colada de Ozil por el centro, Filipe y Domínguez, reincidentes, hicieron carambola para dejar el balón franco para el alemán, que batió por bajo a De Gea. El Madrid se apuntó dos goles de ventaja para el desenlace del Calderón, que deberá tener mucha fe para hacer creer a su equipo que los milagros existen.

8 de noviembre de 2010

inalcanzable bernabeu. R. MADRID 2 - ATLÉTICO 0


Sobre la quimera, hace tiempo incuestionable, de la victoria atlética ante su vecino, caeran un año más los discursos de los complejos, los fallos impredecibles y las decisiones arbitrales. No hubo disputa, porque el Madrid pegó y se fue, como amable abusón, dejando el encuentro al cronómetro y a quien lo quisiera. Por allí pasaba el Atlético, timorato, retraído, casi a punto de hacer algo.

Acostumbra el Real Madrid a ganar derbys con suficiencia, con la dosis de autoridad de un hermano mayor, de discurso incontestable. Y acostumbra el Atleti a aceptarlo, entre la resignación y el respeto, con la satisfacción de salir más o menos airado ante rival de tal calibre. El status quo de la rivalidad madrileña serena los enfrentamientos, a menudo más tibios en el campo que en la previa.

Durante un rato, el inicial, gobernó con autoridad el Madrid, que arrancó como un ciclón, con el campo inclinado, y no levantó el pedal hasta dejarlo todo resuelto. Le bastaron veinte minutos para pintar el marcador, restregarse las manos con dignidad y pasar a otra cosa. La salida desmesurada a menudo le da réditos a Mourinho, que gusta de decidir temprano y dejarse ir. A partir de ahí, la especulación y la pegada de sus atacantes maquillan infinidad de resultados.

El Atlético, asustadizo y encogido, vió el arranque como una vaca mira pasar un tren. Así se le coló Carvalho, que apareció como un espectro cuando nadie le esperaba para romper la igualdad. Venía la jugada de una caída de Reyes -falta o piscina, según versiones-, en un balón que robó el portugués, combinó con Khedira y Di Maria, y terminó por encajar en la red de De Gea. Entre medias, un rebote, un mal despeje y dos atléticos chocando. Sin novedad.

Minutos después, Domínguez palmeó con ternura la espalda de Di Maria, que se fue al suelo en el chaflán del área grande. Se juntaron entonces la infinita clase de Ozil, la escasa barrera atlética, el intento insuficiente por despejar de Reyes y la cara de De Gea, que observó todo como un niño al que cogen copiando. Ya tenía la parroquia rojiblanca la indignación necesaria para justificar la derrota, así que llegó la calma y el equipo se encontró al fin.

La ruptura fue más anímica que táctica. Lo evidenció el Atlético, que en cuanto pasó la tormenta, se hizo con el balón y con el partido. Con la complicidad del equipo de Mourinho, que sabe lo que entrega, y que no se avergonzó en regalar metros y buscar la salida vertical.

A partir de ahí, Tiago y sobre todo Mario Suárez, tutearon a Alonso, cuyó mejor socio fue un descabalgado Marcelo, probablemente el mejor lateral zurdo del momento. Suárez, que sustituía a Assunçao, aportó una salida más rápida que la del brasileño, buena asociación y mayor recorrido en el enlace con las alas. Gran noticia para el mediocampo rojiblanco. Metros atrás, otro imberbe, Domínguez, salió motivadísimo desde la caseta, dominó su área y se aventuró en la contraria, donde conectó un testarazo que obligó a sacar la mano a Casillas. También la sacó Alonso, que evitó que Agüero anotara en el rechace en una acción no sancionada.

Mejoraba el Atlético, que avistó a su cuarteto ofensivo más de lo que el Madrid hizo al suyo. Guiaba Agüero, que con espacios sentó un par de rivales en sendas arrancadas. Mourinho, consciente, bloqueó los laterales y partió al equipo en un 6+4, con Di María y Ronaldo reservados para la cabalgada y menos sacrificados de lo habitual. Ozil, en su guerra, chispaba cuando aparecía y dormitaba el resto del tiempo. Antes del descanso, sin embargo, hubo de aparecer de nuevo Casillas, volando para repeler un zurdazo cruzado de Reyes.

Continuó en el segundo acto la versión efectista del Madrid y la inefectiva del Atlético. Abrió el carrusel Higuaín, con una volea que astilló la madera de De Gea; a la que respondió minutos después Forlán, en una jugada similar, aunque menos nítida, que también escupió el poste.

El Madrid esperó, como un equipo que cuando llega es una manada
y cuando no también, pero pastando. Especulativo, ordenado, industrial, con la manija de Alonso a ratos, que vió volar demasiados balones sobre su cabeza, los blancos ventilaron los minutos restantes, muy lejos de la voracidad inicial. Aparecieron por el balcón de De Gea para algún gatillazo, casi siempre lejano, frontal y defendible. Del Atlético hubo alguna correría aislada, nunca un plan de desgaste real. Sus balas de fogueo no hicieron mella en el blindaje madridista y la entrada de Raúl García y Costa no mejoró el percutor.

Se retrata Mourinho en el resultadismo, en su gusto pragmático por dosificar los esfuerzos, sin generosidad, para ganar con lo justo, pero siempre ganar. Quedan los atléticos a doce años de la proeza, que es como evocar la infancia; y a cuatro puntos del cuarto puesto, su objetivo más real. El resto son quimeras.


PD: Imprescindible Uría.