
El Atlético está fuera de la Copa, pero aún más, fuera de la élite, donde Quique lo coló durante cinco meses, gracias al crédito ganado en los dos torneos en los que ya no compite. Salvando el ciclo de euforia de Mayo a Agosto del año pasado, que lo llevó a disputar tres finales y ganar dos, el club se sigue manejando en una rutina muy propia, casi perversa, de montaña rusa emocional, desquiciante para muchos y enfermiza pero vital para un puñado de fieles.
Los rojiblancos se marchan de la Copa agachados. Cada derrota ante el Madrid es otra muesca en la pared, una colleja que golpea más su ánimo que su fútbol. Y este año hay ración doble. No se le exige ganar al Madrid, batalla que los rojiblancos deben afrontar en el psicoanalista, pero sí tener un discurso contestatario, al menos para acompañar la ilusión en la remontada que había mantenido viva a la hinchada durante una semana, con cierto aire de ingenuidad.
Lo tiene Quique, el técnico con el tono más optimista, realista y ambicioso de cuantos han pasado en los últimos tiempos por el Manzanares. El madrileño agota todas las vías posibles de reacción. Su fe en el plantel es ilimitada. Lo agita, cambia el sistema, mueve las piezas, motiva a los dudosos y tira de cantera a más no poder. Pero el equipo tiene techo. Con Agüero, es luchar por entrar en Champions. Sin él, racanear un puesto europeo. Pero sin el argentino ni Reyes, el equipo entra en las tinieblas. Es importante ser conscientes, al menos para bajar el listón.
La convulsión interna en la que se ha instalado el Madrid no hizo mella en el conjunto de Mourinho, un grupo de funcionarios sin resquicio ni error humano. Solo uno, el de Casillas, que pifió en un despeje cuando Reyes le apretó en la presión. El balón pegó en el andaluz y quedó dando tumbos sobre el área blanca. Que un rechace del portero rival fuera el cenit del partido que iba a cambiar el destino de la temporada dice mucho de como está este equipo. Basta ver que un Madrid al ralentí apenas pasó apuros.
Mourinho, que no tiene partidos trámite, se mantuvo a la expectativa, esperando acometer la tormenta local. Maniobró con contención, ubicando a Marcelo como interior y seis hombres por detrás del balón, con las balas de Kaká y Benzema en la recámara. Un equipo muy por debajo de su nivel habitual, acostumbrado a bajar el pistón cuando la situación no lo requiere.
La fe le duró al Calderón algo más de veinte minutos. Lo que tardó en perder a Reyes y encajar un tanto, todo en un suspiro. Demasiados acontecimientos para un equipo tan corto de recursos. El extremo se fue a la enfermería tras un encuentro con Arbeloa, y el Madrid aprovechó la superioridad para anotar. En la jugada más larga del encuentro, Alonso encontró la subida de Ramos y éste, un centro que fue a parar a Cristiano, supersónico ante Valera, que se giró y fusiló a De Gea. Fin de la historia. El incendio que había anunciado el Calderón se fue apagando hasta quedar en ascuas, y sin su número dos sobre el campo y Forlán claudicando, no quedó más remedio que resignarse.
El Madrid es un raro ecosistema donde habitan elementos de distinta condición, aparentemente indisolubles, pero que terminan por mezclar. De un lado, el fútbol elaborado y sencillo de Xabi Alonso, que ha hecho de Özil su socio más certero, y que se empeña en dotar al equipo de una tercera dimensión, aún en encuentros venidos a menos, como el del Calderón. Del otro, Cristiano y Di María, pistoleros de gatillo fácil, que no entienden otro lenguaje que el de correr y disparar, tremendamente resolutivo mientras la pólvora se mantenga seca. Anoche, el nexo entre ambos fue un extraño futbolista, que nunca será lateral por muchas horas que le eche: Marcelo. El brasileño no es el futbolista con más clase del Madrid ni el más determinante, pero su abanico de soluciones es más extenso de lo que aparenta. Unos metros por delante, y con Arbeola de guardaespaldas, descargó la salida blanca y supo combinar juego interior y desborde por fuera.
El Atlético compitió y tuvo intensidad, pero el exceso de revoluciones pronto se transformó en precipitación. Siempre un peldaño por debajo del Madrid, que controló desde la distancia, el conjunto rojiblanco no se dinamitó por falta de ritmo, sino por sus propias limitaciones técnicas. Controles, pases sencillos, todo se volvió un alboroto insoportable. Entró Costa por el magullado Reyes, pero fue peor, porque añadió más jaleo y el equipo hizo del recurso de su juego aéreo una constante.
Cuando Quique ordenó echar la pelota al pasto, tras la reanudación, el Atlético subió una marcha. Su empeño en dotar de algo de fútbol al equipo es encomiable, pero al plantel le hacen falta muchas sesiones de rondo. Ujfalusi y Filipe daban salida por el costado de Di María, y hubo algún tramo de control, a menudo demasiado horizontal. Forlán armó un par de disparos lejanos y una colada de Mérida la remató Costa a la grada, nada que pusiera en apuros al Madrid, con tres tantos de margen. Quique dió entrada a Juanfran y Perea para dar aire en los costados y Mourinho metió mayor control con Granero, Kaká y Gago, éste último relevando a Khedira, lesionado.
El azucarillo se fue deshaciendo hasta consumirse, con la rabia contenida en la grada, que deberá esperar otro año para citar sus fantasmas. La gran batalla que le queda al Atlético es el reto liguero del cuarto puesto, que deberá afrontar con la factura que deja el duelo madrileño: la lesión de Agüero tras la ida y de Reyes en la vuelta. Al otro lado de la ciudad, el Madrid vuela más alto que nunca, vivo en todas las competiciones. Pero también los blancos tienen su techo propio y su fantasma particular.
Los rojiblancos se marchan de la Copa agachados. Cada derrota ante el Madrid es otra muesca en la pared, una colleja que golpea más su ánimo que su fútbol. Y este año hay ración doble. No se le exige ganar al Madrid, batalla que los rojiblancos deben afrontar en el psicoanalista, pero sí tener un discurso contestatario, al menos para acompañar la ilusión en la remontada que había mantenido viva a la hinchada durante una semana, con cierto aire de ingenuidad.
Lo tiene Quique, el técnico con el tono más optimista, realista y ambicioso de cuantos han pasado en los últimos tiempos por el Manzanares. El madrileño agota todas las vías posibles de reacción. Su fe en el plantel es ilimitada. Lo agita, cambia el sistema, mueve las piezas, motiva a los dudosos y tira de cantera a más no poder. Pero el equipo tiene techo. Con Agüero, es luchar por entrar en Champions. Sin él, racanear un puesto europeo. Pero sin el argentino ni Reyes, el equipo entra en las tinieblas. Es importante ser conscientes, al menos para bajar el listón.
La convulsión interna en la que se ha instalado el Madrid no hizo mella en el conjunto de Mourinho, un grupo de funcionarios sin resquicio ni error humano. Solo uno, el de Casillas, que pifió en un despeje cuando Reyes le apretó en la presión. El balón pegó en el andaluz y quedó dando tumbos sobre el área blanca. Que un rechace del portero rival fuera el cenit del partido que iba a cambiar el destino de la temporada dice mucho de como está este equipo. Basta ver que un Madrid al ralentí apenas pasó apuros.
Mourinho, que no tiene partidos trámite, se mantuvo a la expectativa, esperando acometer la tormenta local. Maniobró con contención, ubicando a Marcelo como interior y seis hombres por detrás del balón, con las balas de Kaká y Benzema en la recámara. Un equipo muy por debajo de su nivel habitual, acostumbrado a bajar el pistón cuando la situación no lo requiere.
La fe le duró al Calderón algo más de veinte minutos. Lo que tardó en perder a Reyes y encajar un tanto, todo en un suspiro. Demasiados acontecimientos para un equipo tan corto de recursos. El extremo se fue a la enfermería tras un encuentro con Arbeloa, y el Madrid aprovechó la superioridad para anotar. En la jugada más larga del encuentro, Alonso encontró la subida de Ramos y éste, un centro que fue a parar a Cristiano, supersónico ante Valera, que se giró y fusiló a De Gea. Fin de la historia. El incendio que había anunciado el Calderón se fue apagando hasta quedar en ascuas, y sin su número dos sobre el campo y Forlán claudicando, no quedó más remedio que resignarse.
El Madrid es un raro ecosistema donde habitan elementos de distinta condición, aparentemente indisolubles, pero que terminan por mezclar. De un lado, el fútbol elaborado y sencillo de Xabi Alonso, que ha hecho de Özil su socio más certero, y que se empeña en dotar al equipo de una tercera dimensión, aún en encuentros venidos a menos, como el del Calderón. Del otro, Cristiano y Di María, pistoleros de gatillo fácil, que no entienden otro lenguaje que el de correr y disparar, tremendamente resolutivo mientras la pólvora se mantenga seca. Anoche, el nexo entre ambos fue un extraño futbolista, que nunca será lateral por muchas horas que le eche: Marcelo. El brasileño no es el futbolista con más clase del Madrid ni el más determinante, pero su abanico de soluciones es más extenso de lo que aparenta. Unos metros por delante, y con Arbeola de guardaespaldas, descargó la salida blanca y supo combinar juego interior y desborde por fuera.
El Atlético compitió y tuvo intensidad, pero el exceso de revoluciones pronto se transformó en precipitación. Siempre un peldaño por debajo del Madrid, que controló desde la distancia, el conjunto rojiblanco no se dinamitó por falta de ritmo, sino por sus propias limitaciones técnicas. Controles, pases sencillos, todo se volvió un alboroto insoportable. Entró Costa por el magullado Reyes, pero fue peor, porque añadió más jaleo y el equipo hizo del recurso de su juego aéreo una constante.
Cuando Quique ordenó echar la pelota al pasto, tras la reanudación, el Atlético subió una marcha. Su empeño en dotar de algo de fútbol al equipo es encomiable, pero al plantel le hacen falta muchas sesiones de rondo. Ujfalusi y Filipe daban salida por el costado de Di María, y hubo algún tramo de control, a menudo demasiado horizontal. Forlán armó un par de disparos lejanos y una colada de Mérida la remató Costa a la grada, nada que pusiera en apuros al Madrid, con tres tantos de margen. Quique dió entrada a Juanfran y Perea para dar aire en los costados y Mourinho metió mayor control con Granero, Kaká y Gago, éste último relevando a Khedira, lesionado.
El azucarillo se fue deshaciendo hasta consumirse, con la rabia contenida en la grada, que deberá esperar otro año para citar sus fantasmas. La gran batalla que le queda al Atlético es el reto liguero del cuarto puesto, que deberá afrontar con la factura que deja el duelo madrileño: la lesión de Agüero tras la ida y de Reyes en la vuelta. Al otro lado de la ciudad, el Madrid vuela más alto que nunca, vivo en todas las competiciones. Pero también los blancos tienen su techo propio y su fantasma particular.









